Quiero que algo quede claro. No fue un intento de suicidio.
Hacía algunas semanas que el doctor me había dado esas pastillas. Dijo que aumentara la dosis si no funcionaban. Bien, yo sentía que no estaban funcionando. No lo sé… el mundo me parecía tan vertiginosos, tan difícil. No podía soportarlo, así que no, desmayarme no me pareció del todo mal.
Desperté entre las paredes blancas. Sé que no “desperté” allí, pero las paredes blancas son el recuerdo más concreto que tengo luego de la sobredosis. Al principio pensé que me haría bien: el doctor me había enviado allí, el doctor sabía lo que era mejor para mí. Eventualmente me mejoraría, era mera una cuestión de tiempo, de días, quizá.
Y los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses. Lo veo todo como una especie de masa, una masa blancuzca. Primero, en mi celda, daba vueltas y vueltas por todos lados, al punto al que llegué a saber al dedillo en pasos cortos y en pasos largos el tamaño. Luego, solo el hecho de dar un paso en ella me desarmaba por completo. Me recostaba sobre la cama en posición supina y yacía allí, contemplando las paredes, hasta que mi enfermero llegaba a darme las inyecciones o a anunciarme que ya podía ir a la sala común o al comedor.
Es gracioso, no podría decirles su nombre. Él fue la persona más amable conmigo en todo el “hospital”, incluso más amable que el doctor. El doctor no me escuchaba rogarle que necesitaba un libro, una película, una mancha negra, algo que me salvara de la inmaculada monotonía de las paredes blancas. Mi enfermero, en cambio, me consiguió un cuaderno barato, de esos anillados que cuestan dos con cincuenta, y una lapicera. Nunca sabrá lo agradecida que estuve.
Tampoco recuerdo a mis compañeros de reclusión, no sin hacer un esfuerzo. Había uno que se pasaba el día meciéndose en un rincón, con la mirada perdida. Otros jugaban a la canasta y hablaban de sus enfermedades como quién presume su auto nuevo frente a todos los vecinos de la cuadra. El único televisor del hospital, el único que yo vi, al menos, estaba en la sala común, prendido infaliblemente en el canal de noticias, como para recordarnos que había un mundo peligroso y poco amigable del que esas paredes blancas nos protegían. Uno tenía los trastornos más variados para elegir, pero en el fondo, creo que todos éramos un poco agarafóbicos.
No sé cuándo exactamente empecé a extrañarlo. Quizá desde el momento mismo en que puse un pie en esa respetable institución. Mi hermana me visitaba todas las semanas. Me traía noticias y fotos de mis sobrinos, y de mi perro, que parecía estar acostumbrándose muy bien a su casa mientras yo no estaba. Me hablaba de mis amigas, siempre tan ocupadas viviendo sus vidas como para interesarse por la mía. Mi ex novio, el que cortó conmigo porque decía que las pastillas me ponían irritable. Del mundo, en fin. Del mundo al que yo pertenecía antes de tener la maravillosa idea de hacer algo que me ganara un espacio entre esas paredes blancas.
Y luego la hora de visita terminaba, y yo me quedaba yaciendo sola en la celda. Era una existencia muy vacía. Extrañaba las calles, mi apartamento desordenado, la posibilidad de decir “voy a salir esta noche, a un bar, al teatro, al cine, a dónde sea”. Más que nada, extrañaba escribir. Era una urgencia que podía sentir en la punta de mis dedos. Los personajes escapaban de mis ojos y se proyectaban en las paredes y yo no podía anotar lo que me decían.
Mientras tuve mi cuaderno, aquello fue soportable, pero el día que me lo quitaron… fue la gota que rebalsó el vaso. La jefa de enfermeros, una mujer alta y robusta con una expresión digna de las estatuas de la Isla de Pascua, revisó las habitaciones y me lo quitó. Lloré, pataleé, pero no hubo forma. Lo máximo que logré fue ocultar la identidad de mi benefactor. Aparentemente, los suicidas somos muy creativos a la hora de encontrar armas para cumplir nuestros objetivos. Tal parece que ya hubo alguien que se clavó una lapicera en la yugular.
Me tomó… una semana, quizá un poco más. Le anuncié al doctor que me sentía lista para irme. Él dijo que no lo estaba, mi apatía era sin duda alguna signo de una depresión más profunda de lo que parecía. No pude creer lo que escuchaban mis oídos. Cuando mi hermana vino, le anuncié mi decisión, y le pregunté si me apoyaría. Pareció muy sorprendida, como si no pensara que podría salir de allí tan pronto. Dijo que lo pensara un poco más.
No tenía que pensarlo, ya lo había decidido. E insistí. E insistí. E insistí. Tengo la impresión que logré que mi hermana firmara como responsable y que el doctor me dejara ir simplemente porque los harté.
Así que volví a la vida real. Lo primero que hice fue ir a una pinturería y conseguir los colores más chillones que el encargado se atrevió a venderme. Luego fui a un bar a llenarme de café, y cuando llegué a casa, pasé la mitad de la noche pintando y la otra mitad escribiendo hasta que mis manos quedaron acalambradas. Al día siguiente fui a buscar a mi perro, que contra todo pronóstico estuvo feliz de verme, y llamé a mi ex preguntándole si se encontraría conmigo a tomar algo.
La gente estaba… pasmada.
Es increíble lo difícil que es re-acostumbrarte al aire “de afuera”, al ritmo, al equilibrio, lo fácil que olvidas que las plantas y el amor mueren si no los riegas. Comento mi experiencia en el “hospital” como alguien comentaría de aquella vez que se rompió la pierna. Y se me quedan mirando, por alguna razón. Ellos saben que yo sé algo más.
Y esto es lo que es: la locura está aquí afuera. Allá adentro, todo es blanco, todo es sistemático, todo es reflexivo. La locura es correr para alcanzar un tren, es caminar cuadras y cuadras junto a alguien que desconoces completamente, es dejar que tu perro haga de las suyas en la plaza. Pueden no estar de acuerdo conmigo, pero en mi caso, la cordura casi me vuelve loca. Si recuperarla implica pasarme el día encerrada en un cuarto de paredes blancas, entonces no la quiero de vuelta.
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